MOMENTOS VACÍOS?
En general predominan dos temáticas diferentes que podrían parecen enfrentadas: de un lado la vista de pies, y la vista de manos del otro. Probablemente nos encontramos en ambos casos ante las imágenes más recurrentes y que más veces vemos a lo largo del día. Sin embargo esta misma profusión es lo que hace que no les demos la más mínima importancia.
No obstante, estas dos temáticas pretenden expresar dos discursos paralelos en los que subyace la idea primera de este proyecto, esto es, la de un yo anónimo pero ultraindividual, y apuntan en dos sentidos diferenciados pero que se complementan mutuamente apuntando a la integridad individual.
PIES - La visión de nuestros pies, del suelo que pisamos, nuestra posición sobre la tierra, queda, a cada momento, aparcada en algún rincón de nuestro inconsciente. Estamos convencidos de que no nos aporta nada.
Pero, ¿qué hay de la conciencia del yo en todos estos casos?, ¿qué queda de nuestra propia persona en ese preciso instante en que bajamos nuestra mirada? Podríamos decir que nada o quizá muy poco. O tal vez nos equivoquemos y, en cambio, lo que estemos viendo en dichos momentos sea algo más de lo que aparece a nuestros ojos. En tales instantes “perdidos” nos encontramos inmersos en lo más profundo de nuestro pensamiento. Empecemos mirando a nuestros pies, para darnos cuenta de lo que tenemos en nuestra cabeza.
Son este tipo de vistas rutinarias revestidas de un vacío de contenido, mientras nos movemos por pura inercia, gratuitamente, las que nos deben provocar el verdadero conocimiento, el de nosotros mismos, lo que se halla oculto en nuestro interior. Así, una vez liberados tales secretos de su reclusión y por extensión filtrados al exterior, podremos establecer el conocimiento de lo que está fuera de nosotros, del mundo, de la vida.
Junto a esta serie de imágenes reunidas de cuatro en cuatro suele aparecer una zona situada a la izquierda que queda completamente “en blanco” aunque no por ello vacía de contenido. En cada cuadro, este “margen” (por llamarlo de alguna manera), está en ósmosis con la parte de imágenes a la derecha y le aporta una mínima fisicidad que reclama toda mímesis pictórica. Se trata de elementos generalmente tridimensionales, pero con la particularidad de acercarse a la máxima planitud y son incorporados al plano del cuadro a modo de collages monocromáticos. De este modo, quedan conectados los dos ámbitos protagonistas: realidad-pintura, pintura-realidad.
Si estas imágenes nos provocan preguntas, vamos por el camino correcto. Es necesario, por tanto, tener una mente despierta, que se afane por observar y por integrar. De lo más trivial puede surgir la verdad más implacable.
El hecho de rescatar esas situaciones “inservibles” y reconstruirlas por medio de la pintura tiene que ver con hacer de detonante de la visión del espectador. De este modo lo que parecía ser banal, vacío, se nos presenta como revelador. Debemos descubrir relaciones, ideas, erotismo, premoniciones, amenazas, energías... Es la metafísica propia la que está en juego. La hiperconsciencia ante la invariabilidad del objeto “cuadro” se nos presenta inevitable.
MANOS – Por otra parte no debemos olvidar la importancia ultraindividual que se concede a las manos como registros fieles tanto de nuestra identidad intransferible (pues todos sabemos que las huellas dactilares son irrepetibles entre dos personas, incluso entre gemelos), y también como registros fieles de toda nuestra vida (presente, pasado y futuro), si nos valemos de lecturas quirománticas que, según suponen (la quirognomía y quirología), toda nuestra vida queda reflejada en nuestras manos, en su forma y en sus marcas, lo que nos puede dar claves para conocernos a nosotros mismos y facilitarnos así las elecciones adecuadas ante la vida por venir. Se trata de creer o no!
Existe otro orden de actos en los que nuestras manos se transforman. Se podría decir que se desmaterializan. Devienen objetos cargados de energía. Apenas parecen pertenecer a nuestro cuerpo. Así, cuando realizamos las actividades más triviales en las que adoptamos los gestos más comunes, ya sea por rutinarias porque las repetimos múltiples veces a lo largo del día, ya porque sean actividades vacías de función en las que movemos nuestras manos por pura inercia, gratuitamente, casi nos transformamos en verdaderos automatismos. Estos precisos momentos, de gran profusión por otra parte, son monopolizados por nuestra hiper-consciencia y hacen que pongamos la atención en problemas que tenemos en mente aún sin resolver.
Se trata de instantes en los que el momento se dilata y lo que en tiempo real dura un segundo, puede transformarse y parecernos una eternidad. La acción queda relegada a un acto de hiper-consciencia cerebral, de profundo pensamiento, de imaginación desatada. Es en dichos momentos cuando más claramente pensamos. En este punto surge una duda sobre qué sucede entonces: ¿nos abstraemos? o, ¿acaso son momentos en los que realmente nos concretarnos a nosotros mismos ?...
De algún modo, el hecho de que en tales situaciones nuestra mirada se diluya y predomine nuestro pensamiento no afecta para nada a la conclusión efectiva de la actividad que estemos realizando, es decir, no somos apenas conscientes de lo que estamos haciendo, pero lo llevamos a cabo a la perfección. Llegamos a un punto de ultra-objetividad. Esto sucede por ejemplo muchas veces cuando vamos conduciendo (con la complejidad de procesos que requiere la conducción), pero también en los simples actos de lavarnos las manos, cepillarnos los dientes o abrocharnos la camisa.
Intrínsecamente ligado a este tipo de “funcionamiento” creo que se encuentra el acto pictórico. Mientras pintamos, nuestro cerebro “activa” nuestras manos provocando su actuación automática. Cuando ya llevamos cierto periodo de tiempo pintando, resulta que lo verdaderamente atractivo de dicho acto no es la pintura en sí, sino más bien la enorme cantidad de pensamientos y reflexiones que transitan por nuestro interior. Pintamos sin pintar. Es decir dejamos de ser conscientes de que estamos pintando y lo que conseguimos, paradójicamente, es ser hiper-conscientes en diferentes ámbitos de nuestra mente.
Tengo la impresión de que dicho acto pictórico que consiste en pintar sin pintar puede ser considerado un verdadero acto de fe. Es necesario aclarar que la “fe” tratada aquí no se refiere a la Fe teologal o religiosa. Es, más bien, un tipo de fe unipersonal y a corto plazo, centrada en la auto-confianza puesta en la consecución de una acción inmediata. No obstante, podría establecerse un paralelismo, siempre a una amplia distancia, entre ambos tipos de fe. De hecho estoy plenamente convencido de que ambos se encuentran en continuidad permanente.
Más aún, en el ámbito de los actos (del tipo que sean), en los que intervienen nuestras manos, necesariamente debemos estar cargados de un mínimo de fe. Fe en tanto que debemos creer en lo que hacemos. De ahí que se pueda afirmar que nuestras manos son las últimas depositarias de nuestra fe, o más categóricamente:“LA FE DEL HOMBRE RESIDE FUNDAMENTALMENTE EN SUS MANOS”.
En esta parte del proyecto se trata de reunir e integrar varios conceptos simultáneamente, de modo que subyace una interrelación temática triple: manos-fe-pintura. Se presentan diversos medios de expresión plástica con la intención de abrir horizontes interpretativos y estimular relaciones que favorezcan nuestra reflexión. La mayor parte de las obras son generadas a partir de la fotografía, aunque apunten en último término a valores pictóricos. Encuentro que la fotografía (fotografía digital en este caso), como punto de partida es idónea dadas su inmediatez e instantaneidad. Por ello al “disparar” las fotos trato de no pensar en nada. Su adopción aquí queda justificada por el tema tratado: cuando estamos inmersos en nuestros pensamientos sin atender apenas a lo que vemos, nuestra mirada queda en suspensión, parece disolverse y, sin embargo, la actividad que estemos llevando a cabo (con nuestras manos) se realiza a la perfección, de un modo automático. La imagen que ven nuestros ojos llega al umbral del desenfoque, dándose por ello una simplificación tanto de los tonos como de las formas. Así el desenfoque fotográfico registra este hecho. Además, una de las características propias del medio fotográfico es el único punto focal de la imagen resultante, la perspectiva se mantiene concentrada en un único punto, siempre central, de la misma manera en que nosotros mantenemos concentradas nuestras manos en la actividad, objetivo puntual, que nos encontremos realizando, alcanzando así el punto de ultra-objetividad al que aludíamos antes. De ahí que tengamos la firme convicción depositada en nuestras manos, que nos garantizan el fin pretendido, por trivial que nos parezca.
Ahora se presentan imágenes en las que no cabe ningún margen, no se precisa ninguna ósmosis entre la realidad y la pintura, simplemente ésta última transciende hasta el pensamiento y la imaginación. Están en juego varias cosas: lo que hacemos, lo que vemos, lo que pensamos, lo que creemos.